Qué nos dice la ciencia sobre el impacto psicológico del aislamiento por el coronavirus

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Cuando 13 pasajeros del crucero Diamond Princess llegaron a Nebraska, a mediados de febrero, David Cates se decidió a hacer que la estadía obligatoria para ellos allí fuera lo más placentera posible.

Eran algunos de los primeros estadounidenses que habían tenido exposición al coronavirus, y por ello se les ordenó permanecer aislados en un centro nacional de cuarentena instalado en el Centro Médico de la Universidad de Nebraska, durante al menos dos semanas o hasta que ya no dieran positivo por la enfermedad. Algunos pasarían más de un mes allí antes de regresar a sus hogares.

Como psicólogo y consultor de salud conductual del centro de cuarentena, el trabajo de Cates era cuidar de su bienestar emocional mientras permanecían aislados de amigos y familiares en el mundo exterior. Así, convocó a una reunión diaria por teleconferencia, para que quienes estaban aislados pudieran hacer preguntas a los médicos sobre el virus, dar retroalimentación a las enfermeras sobre la comida que se les servía y hablar con los trabajadores sociales sobre cómo rastrear su equipaje y reservar vuelos a sus casas.

También les enseñó técnicas como la meditación, la respiración profunda y el cultivo de la gratitud, para ayudarlos a desarrollar resiliencia.

Meses después, sigue recibiendo notas de agradecimiento.

“Lo que estábamos haciendo era darles el mayor control posible sobre sus vidas y su entorno”, reconoció Cates. “Si la historia hubiera terminado allí, hubiese sido genial. En lugar de ello, estamos en una pandemia global y ahora tenemos que cuidar de todos”.

A medida que millones de estadounidenses enfrentan su segundo mes recluidos en sus hogares, los científicos y los funcionarios de salud temen cada vez más que el distanciamiento físico pueda tener graves consecuencias en nuestra salud mental colectiva.

La investigación sugiere que las personas obligadas a vivir en condiciones de cuarentena enfrentan un mayor riesgo de ansiedad, depresión, ira, irritabilidad, insomnio y síntomas de estrés postraumático.

Cuanto más dura una cuarentena, peor es su impacto en el bienestar psicológico. “No hay duda de que las medidas restrictivas de quedarse en casa han impuesto un aislamiento fuerte para las personas, y más aún para aquellos que ya están aislados y son vulnerables”, consideró el Dr. Michael J. Ryan, director ejecutivo de Programas de Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, detener el virus debe ser lo primero, remarcó.

“No es fácil, pero es algo que debemos soportar hasta que tengamos otras medidas para suprimir esta enfermedad”.

Para ayudar a los funcionarios a manejar las repercusiones en la salud mental del distanciamiento físico a largo plazo, los investigadores del King’s College London publicaron una revisión de estudios científicos sobre los impactos psicológicos de la cuarentena, incluidos los implementados para contrarrestar la propagación de la gripe H1N1, del Ébola, SARS y MERS.

Los autores encontraron que los factores estresores clave que conducen a la angustia psicológica incluyen el aburrimiento, la frustración, los suministros inadecuados, la información limitada y las pérdidas financieras, y que estos efectos pueden persistir mucho después de que la vida vuelva a la normalidad. Por ejemplo, uno de los estudios detectó que, entre los trabajadores de hospitales, estar en cuarentena era un predictor de síntomas de estrés postraumático incluso tres años después de que terminara el aislamiento.

Los hallazgos sugieren algunas formas en que los funcionarios pueden mitigar el impacto psicológico de la cuarentena: mantener el aislamiento lo más corto posible, asegurarse de que quienes estén en cuarentena sepan por qué deben permanecer aislados, agradecerles su sacrificio y asegurarse de que todos tengan acceso a los suministros que necesitan.

También es esencial que las personas puedan mantenerse en contacto con otras. “La incapacidad de hacerlo está asociada no sólo con ansiedad inmediata, sino también con angustia a largo plazo”, escribieron.

Según Steve Cole, un investigador de UCLA que estudia los efectos fisiológicos de la soledad, buscar activamente la conexión social es esencial para mantenerse no sólo emocionalmente saludable sino también a nivel físico, a medida que sigue el aislamiento.

En su propio trabajo, descubrió que los sentimientos de soledad provocan que el sistema inmunitario del cuerpo aumente su respuesta inflamatoria. Ello es útil para combatir infecciones bacterianas, pero también crea lo que él llama un “fertilizante” para otras enfermedades, como el cáncer, el Alzheimer y las condiciones cardiovasculares (algunos pacientes con casos graves de COVID-19 sufren no sólo el ataque del virus en los pulmones sino también una respuesta inflamatoria hiperactiva).

Esto puede explicar por qué estudios anteriores han encontrado que las personas con relaciones sociales fuertes tienen un 50% más de probabilidades de estar vivas al final de un período de estudio, en comparación con aquellas con relaciones sociales escasas o insuficientes. De hecho, esta investigación sugiere que la soledad es tan peligrosa para su salud como fumar, e incluso peor que la obesidad.

Cole destacó que la conexión entre la soledad y la inflamación podría haberse desarrollado hace miles de años, cuando estar solo habría hecho que nuestros antepasados ​​fueran más vulnerables a un ataque de un tigre, o que hubiera sido más difícil recuperarse de un accidente, como ser herido por un leño. “Este programa en nuestro cuerpo fue creado para un mundo que ya no habitamos”, expuso.

La buena noticia es que nuestro estado actual de aislamiento físico no tiene que derivar en la soledad, enfatizó. “Con apoyo social se puede interrumpir gran parte de esa fisiología relacionada con la amenaza”, indicó. “Mantenerse conectado con el propósito y el significado en su vida es la resistencia más poderosa contra ese impacto”.

El Dr. Jay Buckey, un ex astronauta de la NASA que ahora trabaja en el Dartmouth Geisel College of Medicine, pasó la última década desarrollando una herramienta en línea para ayudar a manejar las consecuencias psicológicas de un tipo diferente de aislamiento: el estrés, la depresión y el conflicto interpersonal que puede ocurrir en un vuelo espacial de largo plazo. “Vivir en aislamiento y confinamiento con un pequeño número de personas durante mucho tiempo es un desafío psicológico”, consideró.

Esto es algo que miles de millones de individuos están ahora experimentando de primera mano en la Tierra.

La experiencia de Buckey con los astronautas sugiere que muchos de los problemas que surgen en el aislamiento son versiones más nítidas de las dificultades que experimentamos en la vida cotidiana. “Tal vez uno ya estaba estresado por algo, pero tenía vías de escape que funcionaban bien. El tema es que ahora no puede hacer uso de ellas”, señaló.

La herramienta que creó, llamada PATH, está diseñada para asistir a los usuarios en manejar emociones difíciles. Basada en la terapia conductual, ayuda a las personas a ver claramente cómo piensan sobre una situación y comprender cómo ese pensamiento influye en las acciones que toman (aunque está diseñada para astronautas, PATH también se encuentra disponible de forma gratuita para el público terrícola).

Otro análogo para nuestro estado actual se puede encontrar en la experiencia de quienes pasan un tiempo en la Antártida, con un pequeño grupo de personas durante un largo período, ejemplificó Larry Palinkas, profesor de política social y salud en la Facultad de Medicina de la Universidad de California en San Diego.

El trabajo de Palinkas sobre la salud mental de los excursionistas polares y aquellos que viven en estaciones de investigación revela que uno de los sellos distintivos de la adaptación al aislamiento y al confinamiento es la voluntad de ceder el control. “Hay que ser flexible”, indicó. “Si se exige mucho de sí mismo y de los demás, habrá más dificultades”.

También descubrió que las personas tienden a ser capaces de manejar la primera mitad de su aislamiento, ya sea que dure dos semanas o dos años, pero cuando alcanzan el punto medio, su determinación disminuye. “En la primera mitad, uno conserva sus recursos emocionales, participa en formas activas de manejarlo y lo hace bien”, aseveró. “En la segunda mitad, a menudo se experimenta una decepción”.

Uno de los profundos desafíos de nuestra situación actual es que nadie sabe cuándo terminará. “El temor es que nuestros recursos emocionales se agotarán y nos extenuaremos física y mentalmente”, afirmó.

Sin embargo, vivir en aislamiento también puede tener un resultado positivo, consideró Palinkas. Esto se conoce como salutogénesis, y es la recompensa que proviene de lidiar con el estrés y ser más autosuficiente.

En uno de sus primeros estudios, el experto descubrió que el personal de la Marina asignado al Ártico en los años 50, 60 y 70 tenía menos ingresos hospitalarios y problemas de salud mental cuando regresó a sus hogares. “La idea es que, si puedes sobrevivir a una experiencia como esta”, dijo, “ello da por resultado una sensación de logro y la creencia de que ‘puedo manejar cualquier cosa’”.

Fuentes: Los Angeles Times